El cine mexicano vivió una escena inédita. Entre aplausos, recuerdos y reflexiones profundas sobre el arte de contar historias, Alejandro González Iñárritu se convirtió oficialmente en el primer cineasta en ingresar a El Colegio Nacional, una de las instituciones intelectuales y culturales más prestigiosas del país.
La ceremonia no solo marcó un reconocimiento personal para el director de Amores perros, Birdman y The Revenant; también abrió simbólicamente la puerta para que el cine ocupe un lugar dentro de un espacio históricamente reservado al pensamiento académico, científico y literario.
Frente a colegas, invitados y miembros del Colegio, Iñárritu ofreció un discurso íntimo y emotivo, donde confesó que durante años rechazó la invitación impulsada por el escritor Juan Villoro porque nunca se ha considerado “un hombre de palabras”.
“Mi lenguaje son las imágenes”, expresó el realizador, quien incluso calificó como una “anomalía” su llegada a una institución vinculada tradicionalmente al pensamiento oral y escrito. Sin embargo, lejos de sentirse fuera de lugar, el cineasta transformó esa aparente contradicción en el eje central de su reflexión: defender al cine como una forma legítima de pensamiento, memoria y sensibilidad colectiva.
Durante su intervención recordó la herencia cinematográfica construida por figuras como Luis Buñuel, Felipe Cazals y Tatiana Huezo, al tiempo que agradeció a colaboradores fundamentales en su carrera como Emmanuel Lubezki, Rodrigo Prieto y Guillermo Arriaga.
Lejos de un discurso solemne o rígido, Iñárritu habló también de los fracasos, los proyectos que nunca se concretan y las dificultades detrás de películas que hoy son consideradas referentes mundiales. Definió el acto de filmar como “domesticar un huracán” y defendió la idea de que el cine no puede encerrarse en fórmulas.
Uno de los momentos más conmovedores ocurrió cuando habló sobre la luz y la sombra como esencia misma del cine y de la vida. Ahí, la voz se le quebró frente al auditorio. “Toda película es una mentira luminosa”, dijo mientras el silencio dominaba la sala.
El ingreso del director ocurre en un momento donde las plataformas digitales, la inteligencia artificial y el consumo acelerado han transformado radicalmente la manera de ver cine. Por eso, su presencia en El Colegio Nacional parece representar algo más profundo: el reconocimiento de que las películas también piensan, cuestionan y construyen memoria colectiva.
Porque quizá el verdadero valor del cine no está únicamente en entretener, sino en su capacidad de dejar imágenes que sobreviven incluso cuando las palabras ya no alcanzan para explicar lo que sentimos.
