La cultura dejó de ser un evento de recinto para convertirse en experiencia de barrio. A un año de su puesta en marcha, los programas “Danzoneando” y “Cine de Barrio con Paz y Cultura” demostraron que el arte también puede habitar plazas, parques y espacios comunitarios, convocando a más de 10 mil 700 personas en distintas actividades abiertas al público.
La apuesta fue clara desde el inicio: recuperar el espacio público a través de la música, el baile y el cine. Bajo esa lógica, las calles dejaron de ser únicamente zonas de tránsito para convertirse en puntos de encuentro donde generaciones distintas coincidieron alrededor de una pista de baile o una pantalla improvisada.
El caso de “Danzoneando” resultó especialmente significativo. En sus distintas versiones —desde jornadas itinerantes hasta presentaciones en zonas específicas como Pantitlán— logró reunir a más de siete mil asistentes. La fórmula fue sencilla: música en vivo, ambiente accesible y espacios seguros. Plazas y parques se transformaron en salones abiertos donde el danzón volvió a cobrar vida como una tradición vigente y no como una postal del pasado.
La participación de la Banda de Música de la alcaldía reforzó ese espíritu colectivo. Cada jornada no solo fue un evento cultural, sino también una forma de apropiación del espacio común, donde la convivencia se volvió protagonista.
Por su parte, el cine al aire libre amplió la propuesta cultural al ofrecer funciones comunitarias que acercaron el séptimo arte a públicos que rara vez tienen acceso a este tipo de experiencias.
Más allá de las cifras, el verdadero impacto está en el cambio de dinámica: la cultura dejó de ser exclusiva para convertirse en cotidiana. La pregunta ahora es si este tipo de iniciativas podrán sostenerse en el tiempo o si quedarán como esfuerzos aislados en medio de una ciudad que todavía necesita más espacios para encontrarse.
