La Ciudad de México logró contener el brote de sarampión, pero la batalla aún no está completamente ganada. Con más de 3.9 millones de vacunas aplicadas y un avance del 67% en la población objetivo, las autoridades capitalinas aseguran que la situación está bajo control… aunque advierten que bajar la guardia sería un error.
La estrategia, implementada desde que se detectaron los primeros casos, apostó por una intervención rápida y territorial. Desde escuelas hasta estaciones de transporte público, pasando por mercados y espacios de alta afluencia, la vacunación se extendió a prácticamente todos los rincones de la ciudad.
El resultado es visible: el número de contagios se mantiene bajo, con entre seis y ocho casos diarios. Sin embargo, las cifras también revelan un dato preocupante: la mayoría de las personas infectadas no contaban con esquema de vacunación previo.
La respuesta institucional fue masiva. Miles de brigadistas, módulos móviles y jornadas extendidas permitieron alcanzar coberturas importantes en tiempo récord. Incluso, en algunos días se lograron aplicar decenas de miles de dosis, reflejo de una alta participación ciudadana.
Pero el contexto obliga a mantener cautela. La capital no es un territorio aislado: millones de personas entran y salen diariamente, lo que eleva el riesgo de nuevos brotes. Además, el sarampión sigue presente en otras entidades del país, lo que mantiene activo el foco de vigilancia.
Ante este escenario, el gobierno capitalino ya proyecta nuevas acciones, incluso de cara a eventos internacionales como el Mundial, donde se prevé reforzar las medidas sanitarias para visitantes.
Más allá de los números, el mensaje es contundente: actuar a tiempo evitó una crisis mayor.
Pero también deja una lección clara. En salud pública, el éxito no se mide solo por controlar un brote… sino por evitar que regrese.
