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Benito Juárez: entre el discurso oficial y los problemas que siguen en la calle

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La comparecencia del alcalde de Benito Juárez, Luis Mendoza, ante el Congreso de la Ciudad de México estuvo marcada por un mensaje optimista. Seguridad, servicios públicos y orden urbano fueron algunos de los temas que presumió como avances de su administración. Incluso recibió el respaldo de legisladores que reconocieron su gestión y destacaron resultados positivos en la demarcación.

Pero fuera del recinto legislativo, la percepción de muchos vecinos parece contar otra historia.

Aunque Benito Juárez continúa apareciendo como una de las alcaldías con mejores indicadores de calidad de vida en la capital, los datos oficiales y los reportes ciudadanos reflejan problemas que siguen presentes en calles, parques y colonias. La Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana del INEGI señala que uno de cada cinco habitantes aún considera insegura la alcaldía, mientras que los baches siguen siendo una de las principales molestias para la población.

El deterioro urbano también comenzó a hacerse más visible. Entre octubre de 2024 y abril de 2025 aumentaron de forma considerable los reportes por acumulación de basura y tiraderos clandestinos, de acuerdo con registros del Sistema Unificado de Atención Ciudadana. Vecinos aseguran que algunas calles lucen descuidadas y que el problema creció en distintas zonas habitacionales.

A esto se suma el ambulantaje. Aunque la propia alcaldía informó sobre operativos para retirar cientos de puestos y liberar banquetas invadidas, comerciantes regresaron poco tiempo después, reactivando uno de los conflictos más constantes entre vecinos, peatones y autoridades.

Los espacios públicos tampoco escapan de las críticas. Parques emblemáticos como el de los Venados, Parque Hundido y Tlacoquemécatl acumulan reportes relacionados con basura, fauna nociva y presencia de personas en situación vulnerable. Sitios pensados para la convivencia vecinal hoy reflejan el desgaste cotidiano de una ciudad bajo presión.

El contraste entre el discurso político y la experiencia diaria de los habitantes deja una pregunta abierta: ¿qué pesa más, los indicadores positivos o la percepción ciudadana? Porque al final, la evaluación más dura no ocurre en el Congreso, sino en la calle.

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