Lo que parecía una decisión personal terminó convirtiéndose en un asunto partidista. La participación de Sergio Mayer Bretón en el reality La Casa de los Famosos detonó una respuesta inmediata dentro de Morena: la suspensión de sus derechos como militante.
La medida fue tomada por la Comisión Nacional de Honestidad y Justicia de Morena, que abrió el expediente sin necesidad de denuncia previa, motivada por el impacto mediático que generó la solicitud de licencia del entonces diputado federal. Para el órgano interno, no se trató únicamente de una pausa legislativa, sino de una decisión que colocó en entredicho la congruencia entre la representación pública y los principios del movimiento.
Desde su perspectiva, abandonar temporalmente el encargo para integrarse a un proyecto televisivo podría interpretarse como anteponer intereses personales a una responsabilidad adquirida con el electorado. Aunque existe un suplente que cubre la curul, la discusión no giró en torno a la operatividad del Congreso, sino a la percepción pública que deja la acción.
El documento señala que mantener intactas sus prerrogativas partidarias habría enviado un mensaje ambiguo hacia dentro y fuera del partido, al sugerir tolerancia frente a conductas que podrían contradecir su línea ética. En ese sentido, la suspensión busca contener posibles daños a la imagen y cohesión interna.
Más allá del caso individual, el episodio abre una pregunta más amplia: ¿hasta dónde puede estirarse la línea entre la vida pública y el espectáculo sin que la política pierda seriedad? Porque cuando la representación se mezcla con el entretenimiento, no solo cambia la narrativa… también se redefine la confianza.
