Ricardo Monreal Ávila volvió a sacudir el ambiente político en San Lázaro, esta vez no con una iniciativa, sino con una reflexión poco común en la vida pública: saber cuándo hacerse a un lado. El coordinador de Morena en la Cámara de Diputados dejó claro que su salida no es una amenaza ni una reacción, sino una posibilidad constante. Para él, los cargos no son permanentes y la utilidad en el servicio público tiene fecha de caducidad.
En charla con medios, Monreal explicó que nadie le ha pedido renunciar, pero aun así mantiene listo un documento firmado, como recordatorio de que ningún puesto es para siempre. Su oficina, dice, refleja esa filosofía: pocos objetos, nada personal, solo lo indispensable para salir sin ruido cuando llegue el momento. Una imagen íntima que contrasta con la rigidez del poder legislativo.
Sus declaraciones se dieron un día después de que Adán Augusto López dejara la coordinación de Morena en el Senado, movimiento que activó especulaciones. Monreal, sin embargo, evitó sumarse al ruido político y defendió la decisión de su compañero, al señalar que fue un acto voluntario y estratégico rumbo a los retos electorales que vienen.
El diputado también aprovechó para hablar de algo que pocos mencionan: el silencio que llega después del cargo. Reconoció que lo más difícil de retirarse no es dejar la responsabilidad, sino desaparecer del radar público, perder el diálogo cotidiano y volverse, en sus palabras, “un fantasma” para la prensa.
Más allá de nombres y coyunturas, el mensaje queda sobre la mesa: en un sistema donde muchos se aferran, la idea de soltar a tiempo sigue siendo una rareza. Y quizá por eso, vale la pena escucharla.
