La tensión política alrededor del caso de Rubén Rocha Moya sigue escalando y ahora alcanzó directamente a la familia del expresidente Andrés Manuel López Obrador. Esta vez, el centro de la discusión fue un duro intercambio entre Andrés Manuel López Beltrán y el periodista Carlos Loret de Mola.
Todo comenzó tras la publicación de la columna “Andy y Rocha Moya”, donde Loret aseguró que presuntas fuentes cercanas a investigaciones en Estados Unidos señalaron vínculos económicos entre exfuncionarios sinaloenses y los hijos del exmandatario. Según el texto, Enrique Díaz Vega —exsecretario de Administración y Finanzas en Sinaloa— habría entregado dinero a Andrés Manuel y Bobby López Beltrán, además de fungir como enlace entre el gobierno estatal y grupos criminales.
La respuesta no tardó. Desde su cuenta de Instagram, López Beltrán rechazó las acusaciones y lanzó un reto público al comunicador: presentar pruebas concretas sobre supuestos nexos con dinero ilícito o aceptar, dijo, que se trata de ataques sin sustento.
El morenista endureció el tono al calificar a Loret como un “periodista mercenario” y acusarlo de construir montajes mediáticos para beneficio político y económico. Además, sostuvo que tanto él como su familia han transparentado patrimonio, empresas y situación financiera.
El choque ocurre en un momento particularmente delicado para Morena. Apenas días atrás, el Departamento de Justicia de Estados Unidos acusó a Rocha Moya y a otros funcionarios sinaloenses de presuntos delitos relacionados con narcotráfico y armas. Entre los señalados aparecen también figuras políticas cercanas al círculo de poder estatal.
Hasta ahora, Loret de Mola no ha emitido una respuesta pública al posicionamiento de López Beltrán. Sin embargo, el episodio volvió a colocar en el centro del debate el papel de las filtraciones, las investigaciones internacionales y el uso político de las acusaciones mediáticas.
Más allá del enfrentamiento personal, el caso refleja cómo la disputa política mexicana ya no solo se libra en tribunales o conferencias, sino también en redes sociales y columnas de opinión. En tiempos donde una acusación puede viralizarse en minutos, la línea entre información, percepción y sentencia pública parece cada vez más difusa.
