En la Ciudad de México hay alcaldías que nunca duermen, pero no por vocación nocturna, sino por el exceso de ruido. Durante 2025, la Cuauhtémoc encabezó la lista de denuncias ciudadanas por contaminación sonora, con 378 reportes formales, de acuerdo con la Procuraduría Ambiental y del Ordenamiento Territorial (PAOT). Y el problema no parece dar tregua: apenas en los primeros días de enero de 2026 ya se habían acumulado 13 nuevas quejas.
La explicación es tan simple como evidente. Cuauhtémoc concentra la mayor cantidad de negocios mercantiles de la capital, muchos de ellos bares, cantinas y centros nocturnos. Colonias como la Zona Rosa y la Roma, famosas por su vida nocturna, figuran entre las áreas más señaladas por vecinos hartos de música a alto volumen, vibraciones constantes y ruido que se extiende hasta la madrugada. A esto se suma el Centro Histórico, donde el bullicio no solo afecta a quienes viven ahí, sino que también representa un riesgo para el patrimonio arquitectónico de la zona.
Más allá de la molestia cotidiana, el ruido tiene consecuencias directas en la salud. La Secretaría de Salud advierte que la exposición constante a sonidos elevados puede provocar daños auditivos, alteraciones psicológicas y afectaciones físicas. Estudios de la Facultad de Medicina de la UNAM añaden a la lista el estrés crónico, problemas de sueño, ansiedad, hipertensión, dolores de cabeza y trastornos digestivos.
La cifra es alarmante: el oído humano tolera alrededor de 55 decibelios, pero en la capital el promedio ronda los 100. No es casualidad que la Organización Mundial de la Salud coloque a la Ciudad de México entre las urbes más ruidosas del planeta.
El reto es claro. Mientras el ruido siga normalizándose como parte del “ambiente urbano”, la calidad de vida quedará en segundo plano. La pregunta es si la ciudad está dispuesta a bajar el volumen antes de que el daño sea irreversible.
