El panorama hídrico para este año no es tan alentador como parecía. Aunque el sistema Sistema Cutzamala logró recuperarse tras la última temporada de lluvias, las proyecciones apuntan a un comportamiento irregular que podría ponerlo nuevamente bajo presión.
La alerta vino desde la Comisión Nacional del Agua, donde el coordinador del Servicio Meteorológico Nacional, Fabián Vázquez, advirtió que los meses clave del verano no traerán el alivio esperado. Entre julio y septiembre, las lluvias disminuirán justo en el periodo donde normalmente se consolidan los niveles de almacenamiento.
El calendario arranca con señales positivas: la temporada de precipitaciones comenzará a mediados de mayo y tendrá un impulso importante durante junio, especialmente en el centro del país. Sin embargo, ese arranque no será suficiente para sostener una recuperación constante.
El factor que marcará el ritmo será la canícula, un fenómeno que suele traer calor intenso y una pausa en las lluvias. Este periodo, previsto entre julio y agosto, podría generar semanas críticas con menor captación de agua y mayores riesgos de sequía en distintas regiones.
A pesar de este escenario, no todo es negativo. Los pronósticos indican que hacia octubre las lluvias podrían normalizarse e incluso superar el promedio, lo que abriría una ventana de recuperación para las presas que abastecen a millones de personas.
Los datos recientes muestran que el sistema venía en recuperación: a inicios de marzo alcanzó más del 80 por ciento de su capacidad, una mejora significativa frente al año anterior. No obstante, esta estabilidad dependerá de cómo evolucionen las condiciones climáticas en los próximos meses.
El comportamiento del clima estará influido también por la posible transición hacia el fenómeno de El Niño, que ya presenta probabilidades de desarrollo y podría intensificarse hacia el cierre del año. A esto se suma una temporada de huracanes más activa en el Pacífico, aunque con menor impacto en el Atlántico.
En conjunto, el escenario plantea un año de contrastes: lluvias intensas al inicio, una pausa crítica en verano y una posible recuperación hacia el final. Un recordatorio de que la disponibilidad de agua ya no depende solo de una buena temporada, sino de un equilibrio cada vez más frágil entre clima, infraestructura y consumo.
