La violencia no siempre se anuncia con disparos. A veces llega en forma de confesión cruda, lanzada como advertencia. Así ocurrió cuando César Alejandro “N”, conocido como El Bótox, presunto integrante de un grupo criminal, habría admitido el asesinato del productor limonero Bernardo Bravo Manríquez frente a un recién reclutado de su organización, apenas horas después del crimen.
El testimonio fue dado a conocer por Miguel Emmanuel, quien relató haber sido forzado a colaborar con Los Blancos de Troya como halcón. Según su declaración, la confesión no fue un acto de confianza, sino una amenaza directa. “Si me negaba, el mensaje era claro: podía correr la misma suerte”, relató el testigo, recordando la frase intimidante que le lanzó su supuesto “patrón”.
Los hechos habrían ocurrido el 21 de octubre, cuando Miguel Emmanuel fue interceptado fuera de su domicilio, en Cenobio Moreno. Ahí fue golpeado con un palo de madera por sujetos apodados El Perfumado y El Timbas, quienes, junto con otro identificado como El Betarros, lo presionaron para integrarse al grupo criminal. De acuerdo con su versión, incluso usaron su discapacidad como argumento, asegurando que “el gobierno no sospecharía de él”.
Hasta antes de ese momento, Miguel Emmanuel se dedicaba a la venta de plásticos domésticos, actividad por la que también debía pagar cuotas constantes. Tras el reclutamiento forzado, recibió una tableta electrónica y un radio, herramientas con las que debía cumplir nuevas órdenes.
Este relato dibuja un panorama inquietante: amenazas normalizadas, reclutamiento mediante la violencia y una cadena de miedo que se extiende entre quienes menos opciones tienen. Más allá de un caso aislado, la historia refleja cómo el crimen organizado se infiltra en la vida cotidiana y convierte la supervivencia en una decisión forzada.
