El aterrizaje de un avión militar estadounidense en el Aeropuerto Internacional de Toluca encendió las alarmas durante el fin de semana. Bastaron algunas imágenes y reportes preliminares para que surgieran dudas, críticas políticas y especulaciones sobre posibles operaciones militares en territorio mexicano. Sin embargo, el Gobierno de México salió a aclarar el episodio y aseguró que no hubo nada fuera de lo acordado.
Durante su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum explicó que la llegada del avión Hércules C-130 estaba autorizada desde octubre del año pasado y que respondió únicamente a un programa de capacitación. De acuerdo con la mandataria, elementos de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana viajaron a Estados Unidos para recibir formación relacionada con sus funciones, dentro de esquemas de cooperación previamente establecidos entre ambos países.
El contexto no ayudó a calmar los ánimos. En enero, la Administración Federal de Aviación (FAA) emitió una alerta por posibles interferencias en sistemas de navegación aérea, lo que alimentó versiones sobre vuelos militares sin notificación o con transpondedores apagados en ciertas regiones. A esto se sumaron señalamientos de políticos de oposición, quienes cuestionaron si el Senado había dado luz verde al aterrizaje de la aeronave.
Sheinbaum fue enfática al rechazar esas versiones. Aseguró que el procedimiento contó con los permisos necesarios y recordó que este tipo de intercambios no son unilaterales: así como personal mexicano se capacita en el extranjero, elementos de Estados Unidos también acuden a México, por ejemplo, para conocer protocolos como el Plan DN-III. Además, subrayó que el avión no transportaba armamento ni tropas.
El Hércules C-130 es una aeronave multipropósito ampliamente utilizada por la Armada y el Cuerpo de Marines de Estados Unidos para transporte, apoyo logístico y misiones tácticas. Su presencia, aunque llamativa, no es inusual dentro de acuerdos de cooperación internacional.
El episodio deja una lección clara: en un entorno marcado por la desconfianza y la sobreinformación, la comunicación oportuna es clave. Cuando las explicaciones llegan tarde, los rumores ocupan la pista antes que los hechos.
