El ajolote ya no solo vive en los canales de Xochimilco o en los libros de biología. Ahora también se convirtió en símbolo político, urbano y cultural de la Ciudad de México. Y esta vez, la llamada “ajolotización” impulsada por la jefa de Gobierno, Clara Brugada Molina, recibió respaldo directo desde Palacio Nacional.
Durante su conferencia matutina, la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo defendió públicamente el uso del color morado, los murales y la nueva identidad visual que comenzó a extenderse por distintos espacios de la capital. Para la mandataria, la transformación estética no es un detalle menor, sino una forma de cambiar el ánimo colectivo de la ciudad.
“La verdad cambia completamente el color de vida de las ciudades. Les da alegría, las hace más bonitas y modifica mucho el estado de ánimo de las personas”, expresó Sheinbaum al respaldar el proyecto de Brugada.
Las declaraciones llegan después de varias semanas de críticas desde sectores de oposición y redes sociales, donde algunos usuarios cuestionaron el uso del color morado como sello visual del actual gobierno capitalino y la presencia constante del ajolote en programas públicos, transporte e imagen institucional.
Sin embargo, Sheinbaum recordó que esta estrategia urbana no es nueva. Señaló que desde su etapa como alcaldesa en Iztapalapa, Clara Brugada apostó por transformar espacios grises mediante arte urbano, iluminación y murales comunitarios.
La figura del ajolote terminó por consolidarse como emblema de esta nueva etapa. El anfibio endémico del Valle de México ahora aparece en el Tren Ligero remodelado rumbo al Mundial 2026, en placas vehiculares conmemorativas y próximamente en el Santuario de los Ajolotes que abrirá en el Parque Ecológico de Xochimilco.
Para Brugada, el símbolo tiene un peso más profundo que lo decorativo. La jefa de Gobierno sostuvo recientemente que el ajolote representa identidad, resistencia y orgullo ambiental para la capital, además de ser una especie reconocida mundialmente por su importancia científica.
La mandataria también respondió a quienes critican el predominio del color morado en la imagen gubernamental. “Es la expresión de la lucha feminista”, afirmó, al defender que los espacios públicos reflejen causas sociales y culturales contemporáneas.
Más allá del debate político, la discusión revela algo más interesante: cómo las ciudades también construyen identidad desde el color, los símbolos y el espacio público. Porque mientras algunos ven propaganda o exceso visual, otros observan una capital que intenta dejar atrás décadas de concreto gris para proyectar una narrativa más cercana, cultural y emocional.
Y quizá ahí está el verdadero fondo del debate: no solo se discute un ajolote pintado en una pared, sino la manera en que un gobierno busca redefinir visualmente la personalidad de toda una ciudad.
