La sacudida del 2 de enero en San Marcos, Guerrero, no ha quedado atrás. Más de un mes después, el suelo continúa ajustándose. Hasta las 20:00 horas del 8 de febrero, el Servicio Sismológico Nacional contabiliza 6 mil 594 réplicas del temblor principal, que alcanzó magnitud 6.5. La más intensa de estas repeticiones llegó a 5.0.
Aquel viernes, a las 07:58 horas, el movimiento sorprendió a habitantes del sur y centro del país. Se sintió con claridad en Guerrero y se extendió hasta la Ciudad de México. El epicentro se ubicó en la región de la Costa Chica, una franja marcada por la constante interacción de placas tectónicas.
El informe técnico del SSN detalla que el evento se originó por una falla inversa, típica de zonas donde una placa se desliza por debajo de otra. En este caso, la placa de Cocos se introduce bajo la de Norteamérica, un proceso conocido como subducción. Esa dinámica convierte a Guerrero en uno de los estados con mayor actividad sísmica del país: concentra alrededor del 25% de los sismos registrados en México.
La ruptura ocurrió a una profundidad intermedia, suficiente para propagar la energía a largas distancias. Esa liberación explica la extensa cadena de réplicas que aún persiste.
Especialistas subrayan que este comportamiento es natural tras un sismo de gran magnitud. Las réplicas se generan en la misma zona afectada y tienden a disminuir gradualmente en frecuencia e intensidad conforme la corteza terrestre libera tensiones y busca un nuevo equilibrio.
El Centro Nacional de Prevención de Desastres ha reiterado que estas secuencias forman parte del reajuste tectónico posterior al evento principal. En Guerrero, donde la tierra nunca está completamente quieta, el proceso sigue su curso.
