Lo que debía ser una discusión legislativa terminó convertido en un espectáculo de confrontación. La Cámara de Diputados aprobó la reforma electoral conocida como Plan B, pero el proceso quedó marcado por un ambiente tenso, cargado de insultos, provocaciones y escenas que rápidamente se viralizaron.
Durante más de 14 horas, el pleno fue escenario de un debate intenso en el que se presentaron más de un centenar de reservas y participaron decenas de oradores. Sin embargo, más allá de los argumentos técnicos, gran parte del tiempo se consumió en ataques entre bancadas, reflejando la polarización que atraviesa al Congreso.
El momento más simbólico llegó cuando un diputado de Movimiento Ciudadano llevó al recinto una cubeta con chapopote, supuestamente recolectado de playas contaminadas. El gesto buscaba denunciar problemáticas ambientales, pero terminó desatando una reacción inesperada: una legisladora de Morena arrojó el contenido hacia su dirección, provocando aún más tensión.
El intercambio no se quedó ahí. Gritos, descalificaciones y llamados al orden marcaron el resto de la sesión, mientras la mesa directiva intentaba, sin mucho éxito, contener el desorden. La escena dejó en evidencia que el debate político, en ocasiones, se diluye entre gestos simbólicos y confrontaciones personales.
A pesar del clima, la reforma fue aprobada sin modificaciones respecto a lo enviado por el Senado, consolidando uno de los proyectos clave del actual gobierno. Sin embargo, la forma en que se desarrolló la discusión dejó más preguntas que certezas.
Porque cuando el fondo de una reforma se ve opacado por la forma en que se debate, el mensaje que llega a la ciudadanía no es de deliberación democrática, sino de desgaste institucional.
